La foto anterior fue obtenida desde la calle Mensia de los Nidos. Aver si descubren de qué casa se trata.
Arqueología de una calle mágica, por Ricardo Chamorro. Fue el campo de experimentación del libro homónimo.
jueves, 29 de abril de 2010
Hombre mirando por balcón
La foto anterior fue obtenida desde la calle Mensia de los Nidos. Aver si descubren de qué casa se trata.
martes, 20 de abril de 2010
Librería Misteriosa

Hace poco se instaló una nueva librería en San Diego. Solo al mirarla, impresionaba. Desde afuera se veía una librería grande y que incluía un pequeño café donde, obviamente, se podía mantener una interesante charla de literatura o antropología de Levi Satrauss o que sé yo cuanta cosa elevada. Cuando se entra, la impresión sigue. La librería es realmente enorme. Con una estructura muy semejante a las grandes librerías que pueden verse en Mendoza o Buenos Aires. Incluye sillones, cada tanto, para entretenerse leyendo. La sección niños incluye sillas de colores, y juegos de orientación literaria, etc. Además, la cafetería ofrece expreso a ¡$ 350!. Todo como de otro planeta, salvo por un pequeño detalle: es una librería evangélica. Y no es que yo les tenga demasiada tirria a los evangélicos, o que niegue su opción de ganarse la vida vendiendo libros. El problema, grave, es que no hay de todo en la librería. Imposible hallar a Kafka o a Borges ni a Cortazar ni semiótica ni a Murakami, etc etc.
Es decir, hay algunos libros interesantes de título curioso, como “las 10 cosas que una esposa debe saber”, incluso hay algunos de sexo o de viaje, pero ya saben todo desde un óptica gloriadió. Olvídense de los grandes de la literatura erótica como Bataille y mucho menos Sade.
En fin, una ilusión óptica. Quizá lo única que se me ocurre es ir a tomársela y usarla como trampolín de una nueva vanguardia, una en que el “gloriadió”sea santo y seña.
lunes, 12 de abril de 2010
Accidentes en San Diego
En San Diego ocurren algunos accidentes de vez en cuando. Accidentes con consecuencias fatales. Por ejemplo, aquel trágico suceso de la pareja de ancianos que perdió la vida en un accidente automovilístico en Santa Rosa con 10 de Julio. Iban apurados, porque en San Diego con 10 de Julio su hijo acaba de tener un accidente automovilístico. Les había llamado, para que lo pasaran a buscar. Los padres salieron a toda velocidad a rescatar a su hijo. Iban en un Mercedes. En Santa rosa con 10 de julio los impactó una 4x4 que no respetó el semáforo. Murieron ambos y el conductor de la 4x4 sin daños de consideración.
O aquellos tres choques que ocurrieron (sin consecuencias fatales) en Eyzaguirre con Nataniel, afuera del Tottus. Ocurrieron en días sucesivos y casi a la misma hora, en invierno. O aquella patrulla que chocó en Nataniel con coquimbo, haciéndose pebre.
Otro accidente ocurrió a finales del año pasado. Por San Diego iba un auto zigzagueando. A la altura de Tarapacá el conductor perdió el control. Murieron tres peatones atropellados en el lugar, murió uno de los que iban en el auto y quedaron como cinco heridos. Adjunto la foto del auto. ¿Será este un barrio donde ocurren muchos accidentes?. ¿O al seleccionar cualquier barrio del “casco antiguo” se obtiene el mismo número de accidentes?. Preguntas misteriosas.
viernes, 26 de marzo de 2010
El temblor en el barrio San Diego
Después del temblor salí a recorrer mi querido barrio. Mi catastro fue: se cayó un buen trozo de la iglesia del “sagrado corazón de maría”, que queda al frente de mi casa. Se cayó una cruz de la iglesia de los sacramentinos y algunos otros trozos de esa misma iglesia. Lo demás: grietas interminables en lugares diversos. Parece que los problemas estaban por dentro. En San Diego mismo, al frente del Mei wa, el mismo sábado aquel estaban sacando sacos de escombros. Un transeúnte le explicaba a su mujer: “Eso” dijo con cara de experto “lo sacaron de adentro y lo dejaron afuera”. La mujer lo miraba con cara de total admiración ante tanta sabiduría. En San Diego con Eleuterio Ramírez me tocó ver una familia peruana que prefirió dormir en la calle. Al frente estaba su depto, de esos deptos en que meten como a tres familias. El quebradero de vidrios era grande. En Bulnes con Tarapacá una cuadrilla trabajaba en echar abajo vidrios rotos. La moneda también tenía sus grietas. La Casa central de la Chile quedó bien damnificada: cornisas cayeron por doquier y hasta el día de hoy el inmueble está inhabitado. Mi conclusión es: el barrio aguantó de lo más bien, al menos por fuera. Nada en comparación con las zonas cercanas al epicentro. Nada en comparación con el barrio Yungay, por nombrar un sector acá en Santiago. Mi casa lo mismo: por fuera impecable, por dentro montones de grietas en medio del adobe. Harto escombro para sacar. La foto muestra una de las cruces que se cayó de la iglesia de los sacramentinos. Parece que el catolicismo fue, lejos, el más afectado en mi barrio.
lunes, 15 de marzo de 2010
El rey del trémolo
Al inicio de San Diego, junto a las paredes del Instituto Nacional, antiguamente se instalaba un músico ciego que cantaba canciones religiosas que glorificaban a dios. Usaba una mandolina como instrumento. A su lado, un extraño equipo emitía la música principal que él acompañaba. Su acompañamiento estaba basado en el trémolo. Algunos amigos míos se burlaban de él y lo consideraban un mal músico. A mí en cambio, me parecía muy aceptable. Escucharlo daba la sensación de estar en un callejuela siciliana. Estuvo desaparecido, pero ya volvió. Ahora toca muchísimo mejor. A veces se pone en Arturo Prat y otras veces en San Diego. Siempre junto al instituto. Y además vende su música.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Sangre en Almagro
Quizá vivo en un barrio peligroso. Algunos problemas he tenido, pero he sobrevivido a ellos. No sé si podría hablar de un lugar donde la muerte anda rondando, pero en las noticias a veces sale nuestro barrio y es para referirse a uno que otro crimen. Por ejemplo, lo que pasó en La Polar la semana pasada, en San Diego con Tarapacá.
El viernes pasado estaba llegando a plaza almagro. A mi lado sentí una carrera. Era un sujeto que se estaba poniendo una polera “a la rápida” y además se estaba guardando un celular en el bolsillo. Mi conclusión fue: el compadre se acaba de robar un celular. Mantuvo la carrera hasta plaza almagro y allí la detuvo en seco. La explicación era simple: estaba llena de pacos la plaza. El sujeto se quedó merodeando. Cuando iba llegando a la esquina de Nataniel con Santa Isabel vi sangre en el suelo. De inmediato me acordé de un artículo que escribí hace tiempo sobre los hilos de sangre que aparecen con alguna regularidad en las veredas del sector. Pensé en fotografiar esa sangre. Efectivamente lleno de pacos. Y de guardias de la plaza. Empezaron a llegar otros guardias de seguridad ciudadana, en moto. Uno de los guardias le explicaba a una abuelita algo que no pude oír. Saqué cámara y empecé a apuntar. Estaba en eso cuando uno de los guardias se acercó a decirme que si sacaba fotos no se me ocurriera publicarlas. Aproveché de preguntar lo que había pasado. “Te voy a hacer la historia corta”, me dijo, “la semana pasada uno de los guardias le dijo a unos compadres que no tomaran copete en la plaza. Los compadres se fueron, amenazando que volverían para apuñalarlo. Hoy día unos güeones se bajaron de la micro y apuñalaron al guardia”. Después de eso apunté a la patrulla y pude fotografiar a los cuchilleros. Parecían bailarines de Salsa, con camisa blanca impecable. Con eso quedaba ratificada la superioridad de cerrar el parque respecto de poner guardias por doquier. Seguí mi camino. En mi casa, antes que le contara nada a mi chica, me pregunta “supiste lo del incendio acá a la vuelta”. Yo no sabía nada, pero me quedé pensando en qué otras cosas noticiosas estarían pasando en el barrio.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Tienda de Ropa "El sol"
Antiguamente existía en San Diego una tienda que se llamaba “El sol”. Ubicada frente a los juegos Diana el nombre no dejaba de ser bien elegido: el Sol daba de lleno en sus vitrinas al punto que el dueño, un hombre flaco que parecía haber tenido un buen pasar, instalaba unas cortinas gruesísimas para no afectar su mercancía. Pero era de esas tiendas antiguas, de esas que todavía pueden verse en provincia: el piso era de madera. Al entrar uno se veía en un recinto con mostradores y cajas hasta el techo. Cajas muy antiguas por cierto. De inmediato los alérgicos al polvo (como yo) sentían que se hallaban en un territorio peligroso. Solo en una oportunidad compré allí y me sentí totalmente estafado: unos calcetines caros y de material sintético que además me quedaban chicos. No hice ningún intento de ir a cambiarlos, pero en lo sucesivo recelé de su dueño. A poco fui comprendiendo su drama: casi nadie entraba a su tienda. Lo veía abrir a horarios increíbles y cerrar tardísimo. Se entretenía jugando dominó con otros viejos. Con el tiempo su caminar se hizo más neurótico y cada vez que me lo encontraba llevaba su mano en el mentón con la mirada perdida y como pensando en algo tremendo. Pronto comprendí de que se trataba; no le quedaba más remedio que vender su rincón y perder probablemente todo lo que tenía. Alguien me dijo que, para más remate, había enviudado unos años antes. Esos explicaba su estrambóticos horarios de atención. De todas formas, los productos eran de otra época. Eran, realmente, de muy mala calidad. Otro damnificado por las rápidas transformaciones que sufre San Diego y la ciudad entera. Ahora, ya no existe esa tienda. Un enorme edificio se levanta en su lugar. Por suerte pude sacarle una única foto a sus vitrinas mucho antes de su desaparición.
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