lunes, 18 de mayo de 2009

Evangélicos en San Diego





El aumento de comunidades evangélicas es un hecho comentado en los medios. El aumento de comunidades es muy claro cuando se recorre el barrio San Diego. Antiguamente San Diego y sus alrededores albergaban muchos cines. Esos espacios aún existen, pero se han transformado en iglesias. La naturaleza del credo evangélico no es centralizada como ocurre con los católicos. Tampoco requiere lujosas catedrales. Cualquier pastor puede dedicarse a la prédica en casi cualquier lugar. Los cines olvidados son el lugar ideal: poseen escenario, butacas y buena acústica. Elementos esenciales para adorar al pulento.



Un caso emblemático es el antiguo cine San Diego, ubicado en la intersección de San Diego con Eyzaguirre. No conozco la fecha de cierre, pero si recuerdo que por años era la discoteque Planet. Lucía una ornamentación metálica que le daba toda la rudeza del acero. Locuras de los publicistas discotequeros. Actualmente es el ministerio evangelístico ”Cruzada de poder”.



Son curiosos los nombres de estas iglesias. En Arturo Prat con Cóndor existe otra que se llama “la iglesia del aire”. Otra, de la que solo queda un cartel abandonado, se llamaba Miel.



Hace un tiempo, una de estas iglesias saltó a la fama mediática. Se suponía que en su interior llovía oro, según anunciaban fervorosamente sus fieles. De todas formas, la municipalidad estaba por caducarle el permiso. No habían pagado el arriendo en varias semanas y los ruidos molestaban a los vecinos. Si la quiere visitar, se encuentra en San Diego con Coquimbo.



Estos fervientes seguidores de la fe de Cristo Jesús, se les puede ver especialmente los domingos recorriendo San Diego. Impecablemente vestidos, las mujeres algunas muy hermosas, pero con vestidos hasta el tobillo no permiten fantasear nada sexual. De todas formas yo fantaseo igual. Mas de alguna vez me ha tocado que una de estas jóvenes evangélicas haya golpeado mi puerta y yo les he abierto por motivos puramente hormonales. Trato de convencerlas de la superioridad de la religión del hedonismo y convertirlas a mi credo.

jueves, 9 de abril de 2009

Las unidades productivas de San Diego


A mí siempre me ha llamado la atención la cantidad de “unidades productivas” que existen en torno a la calle San Diego. En San Diego los negocios suelen darse “por racimos” y esto me parece sorprendente. No me extrañaría que esto fuera el efecto de alguna antigua política fiscal de incentivo, que derivó en eso. No tengo pruebas documentales al respecto. Y, por pura tincada no más, me da por achacárselo a Pedro Aguirre Cerda. Al menos, la estatua más grande del sector está dedicada a P. A. Cerda y su política era justamente la reactivación mediante la creación de empresas estatales. Él hizo la CORFO. Por el momento incluyo un listado básico:

- De matta con San Diego hasta Copiapó con San Diego son los computadores. Pero eso no es más una reinvención al oficio antiguo de esas esquinas: la electrónica. Se reparaba todo tipo de artefactos. Y se vendían repuestos para el floreciente negocio de la reparación. Eso era así hasta un periodo reciente: el 2000 aún existía gran cantidad de talleres, pero en la actualidad casi todo se ha reconvertido a computación.

- De San Diego con Copiapó hasta 10 de Julio incluso, son las bicicletas. Es lo que más abunda en ese cuadra. Y están allí las marcas clásicas: lahsen, vargas, margas, Juanito Mena, etc.

- De San Diego con 10 de Julio hasta Portugal con 10 de Julio, son los automóviles. De eso ya se sabe bastante. La cantidad de tiendas que reparan, deshuesan, pulen, cambian, lubrican etc etc etc es legendaria. Legendarias son también las mafias en torno al negocio. Pero de eso hablaré en otra oportunidad.

- De Matta con San Diego hasta Matta con San Ignacio, con las tornerías.

- Para las imprentas no se puede hablar de una cuadra en una única calle, sino más bien de un cuadrante que se dedica a ese negocio. Hay imprentas en Cóndor, Serrano, Arturo Prat, San Diego, Eleuterio Ramírez. Pero el grupo de Imprentas más notable se encuentra en un pasillo que conecta San Diego con Arturo Prat. Este pasillo está casi al lado del Cariola. Es un pasillo realmente inquietante y la primera vez que lo recorrí me anduve asustando. No fue hace mucho. Se trataba de un mundo nuevo y desconocido, una subcultura completamente ignorada, en ese pasillo que vi tantas veces por fuera y que nunca me dio interés en recorrer. Hay hasta restaurantes adentro.

- Los libros están entre Alameda con San Diego hasta Tarapacá con San Diego. Otro polo importante es San Diego con Santa Isabel, atrás de la catedral de los Sacramentinos.

Otros racimos que no describiré con tanto detalle aún son los bares, las iglesias evangélicas, las zapaterías, ferreterías, etc. Antiguamente había bastante prostitución, clubes nocturnos y cabaret. Pero eso es tiempo pasado. Anterior a la Dictadura.

Hay más unidades productivas en el barrio, pero las que nombró deberían bastar para la sorpresa. ¿Por qué pasa eso? ¿Quién planificó esa forma de ordenar los negocios?. Me parece difícil que todo eso hubiera sido un proceso natural. De momento pongo a Pedro Aguirre Cerda en la foto, como si el fuera el responsable. La estatua la pueden ver en Plaza Almagro, al final del Paseo Bulnes.

miércoles, 11 de marzo de 2009

La calle de las putas



Sin ánimo de caer en una idealización irresponsable, me lanzo a escribir sobre la intersección de Santa Rosa con Eyzaguirre. Al que se anime a pasearse por esas ignotas regiones del barrio San Diego, le pasará algo: le subirá el ego. Porque de las casas de Eyzaguirre un grupo de mujeronas de alguna edad, le gritarán invitaciones, silbidos y cosas como “se le perdió algo mi niño. Venga a pasar la pena por acá”. Eran prostitutas que por 5 lucas ofrecían llevarlo a uno a las piezas de más adentro. La escena no era fácil de digerir si es que no se está acostumbrado. Alguna vez hablé con un taxista del sector y me dijo que era una especie de botadero de putas. Pasé un par de veces por allí, pero no estaba lo suficientemente desesperado como para recurrir a sus servicios.


Hace un par de semanas pasé de nuevo por ese lugar. El estado de la esquina me impresionó. Las casas habían dejado de existir salvo una. Una única mujer que ofrecía su cuerpo sentada en la puerta de su casa, lanzado piropos a los tipos solos que se aventuraban por ahí. El resto era ahora un terreno plano y sin restos de capa vegetal. El destino era evidente: se construiría allí un nuevo edificio de gran altura. Me imagino lo fácil que fue para la inmobiliaria comprarle la casa a estas mujeres, casas avaluadas en 10 millones o menos. Pienso en esa mujer que decidió no vender y mantener el oficio. ¿Porqué? ¿Porqué rechazar esos millones? ¿Sabrá que en unos meses más el lugar se llenará de obreros? ¿Sabrá que en el día el lugar se volverá irrespirable con la entrada y salida de camiones con material? Es posible que la mujer intenté hacer su negocio con los obreros. De momento, muestro la foto de más arriba.

lunes, 19 de enero de 2009

El rincón del vagabundo



Antiguamente, en plaza almagro, había un rincón habitado. Impresionaba bastante lo que uno veía en ese rincón. Se trataba de una casa, pequeña, minúscula. Adentro de ella habitaba un vagabundo. En rigor, dado que el hombre tenía esta pequeña casa, no cabría hablar de vagabundo. La casa no era un desorden inconexo de palos. No. Era sólida, con una ventana incluso. A veces se veía al vagabundo construir o reparar partes de su cabaña. A veces se le veía reparando otras cosas, como sillas o tableros de ajedrez. Restos que seguramente encontraba en la basura.


Ese vagabundo tuvo para mí una importancia fundamental. El origen fue una “instalación” que realizó el sujeto. Se trataba de un paraguas que enterró junto a su casa. Bajo las lluvias torrenciales de ese invierno, la imagen de este paraguas en la lluvia era increíble. Bajó se instalaban pájaros o perros a cubrirse de la lluvia. Era una instalación inspiradora. Para mí lo fue: empecé la escritura de una novela con eso. Pero esa novela aún no está terminada, así que no puedo hablar mayormente de ella.


El vagabundo era como un guardián del parque. Bastante, considerando que es un parque que no tiene guardianes, solo usuarios inconscientes y casi siempre alcohólicos. Una vez, un par de limpiadores de autos, de esos que se instalan en las esquinas a limpiar los vidrios a cambio de una moneda, empezaron a lanzar piedras al viejo y su casa. Yo estaba trotando. Fui cobarde. No tuve el valor de defenderlo. Ahora ese rincón no tiene nada. Es un rincón que se usa de meadero. En rigor todo el parque almagro se está usando de meadero y los alcaldes de mierda que nos han tocado (hace como 10 años que está la derecha) no hacen nada por remediarlo.


De todas formas fui a explorarlo hace poco. Había dibujos interesantes en la muralla que antes fue la muralla del vagabundo. Uno de esos dibujos se muestra en la fotografía que acompaña este blog.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

El cine abandonado


Durante cinco años viví con una mujer en un cité de 10 julio, entre San Diego y Arturo Prat. Además de las mil historias que podría contar sobre esa experiencia, hay una que me parece especialmente cautivante. Se relaciona con un vecino que teníamos, al que llamábamos “el New Age”. El tipo era un melómano y una de las cosas que ponía era justamente new age. Una variante muy extraña. Pasó bastante tiempo hasta conocerlo. Creo que al cuarto de los cinco años que viví con esa mujer. No sé como fue exactamente, pero la primera vez que entramos a su casa estábamos un poco asustados. Al rato le hicimos las preguntas que nos “quitaron el sueño” durante esos cuatro años. Y su historia era como lo imaginábamos: rara. De partida, el tipo no arrendaba, sino que le pagaban por vivir ahí. Una plata que le llegaba del banco Edwards. Le pasaban como 200 lucas. Además, vendía shampú que fabricaba otro vecino. Lo vendía a las peluquerías del barrio. Otra de sus entradas era el pirateo de discos y películas. Pero como eran exclusividades para unos pocos conocedores, las vendía carísimo. Además recibía una plata por su madre muerta. También tenía una casa en Cumming que arrendaba. Aprovechó la crisis argentina y se compró una casa en pleno Buenos Aires, que la mantenía en arriendo. En resumen, el sujeto recibía dinero por todos lados y casi no trabajaba.

¿Por qué el banco Edwards le pasaba 200 lucas al mes? Porque su cargo, aunque no lo pareciera, era guardia. La casa que habitaba era la casa del cuidador de un cine abandonado que se encontraba, justamente al lado (y por ende al lado de nuestra casa). No habíamos detectado nada en ese tiempo. Para entrar al cine abandonado, había que abrir una puerta secreta en el pasillo de su casa. Esa puerta conducía a una escalera que bajaba más y más hasta llegar a un subterráneo muy grande, muy oscuro, muy húmedo y con el piso muy inclinado. Era el antiguo cine Montecarlo, que estaba sin butacas. Había montones de aparatos y objetos que se utilizaron antiguamente, proyectores viejos, transformadores y un montón de otros cachivaches que New guardaba a los mecánicos de 10 de Julio. Otro ingreso más para New. Ahí nos contó que ese cine se había cerrado como el 78 y que después lo compró el Banco de A. Edwards, porque había un proyecto de que el metro pasaría por San Diego. Delirante. Si eso ocurría, el dueño de ese subterráneo habría hecho un tremendo negocio. Pero nada se sabe de un metro para San Diego. Concluyendo, si uno entra a la casa de New Age y se mete por la puerta secreta y para luego cruzar ese cine abandonado, se puede salir a una galería que termina en Arturo Prat y que antiguamente habían sido los servicios anexos al cine. Ahora alojaba (y aloja) imprentas, una peluquería atendida por unos travestis iguales a Ravani y una shopería donde la especialidad de la casa son los “italianos” con shop.

Hace años que me cambié de ese lugar. Hace años que no veo a new age. Pero quedó un cortometraje que hice en esos suburbios. Se llama “El bar”. Pueden verlo en http://www.orno.cl/video/v_bar.htm . No incluye imágenes del subterráneo, sino de los otros edificios anexos.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Oda Elemental a la calle San Diego, por Neruda

Pablito también escribió sobre la calle San Diego. De hecho, le compuso una oda. Acá va para que le echen un vistazo. A mí me sorprende que esta calle haya causado inspiración a un famoso.


Por la calle / San diego / El aire de santiago / Viaja al sur majestuoso / No viaja en tren el aire.

Va paso a paso/ Mirando Primero las ventanas, / Luego los ríos, /Más tarde los volcanes.

Pero,/ Largamente, / En la esquina / De la calle alameda / Mira un café pequeño / Que parece / Un autobús / Cargado de viajeros. / Luego viene / Un negocio / De sellos, timbres, / placas. / Aquí se puede / Comprar en letras blancas / Y fondo azul bruñido / El título / temible “dentista”. / Me deslumbra esta tienda. / Y las que siguen tienen / Ese arrebato / De lo que quiso ser / Tan solo transitorio / Y se quedó formado / Para siempre. / Más lejos / Venden / Lo imaginario, lo inimaginable, / Útiles espantosos / Incógnitos / bragueros, / Endurecidas / Flores de ortopedia, / Piernas / Que piden cuerpos, / Gomas enlazadoras / Como brazos / De bestias submarinas.

Paso mirando puerta./Atravieso / Cortinas, / Compro pequeñas / Cosas / Inservibles.

Soy el cronista errante / De la calle san diego.

En el numero 134, / La librería araya / El antiguo librero/ Es una piedra, /Parece el presidente / De una republica / Desmantelada, / De una bodega verde, / De una nación / lluviosa / Los libros / Se acumulan. / Terribles / Paginas que amedrentan / Al cazador de leones. / Hay geografías / De cuatrocientos tomos: / En los primeros / Hay luna llena, jazmines de archipiélagos: / Los últimos volúmenes son soledades: / Reinos de nieve, susurrantes renos.

En el siguiente número / De la calle / Venden pobres juguetes, / Y desde puertas / próximas / La carne asada / Inunda / Las narices / De la crepuscular ciudadanía. / En el hotel que sigue / Las parejas / Entran con cuentagotas: / Es tarde / Y el negocio / Se apresura: / El amor busca plumas / Clandestinas. / Más allá venden catres / De bronce deslumbrante, / Camas descomunales / Construidas / Tal vez / En astilleros. / Son como / Eternos barcos amarillos: / Deben salir de viaje, / Llenarse / Con nacimientos y agonías. / Toda la calle espera / La ola del amor y su marea. / En la ventana / Que sigue hay un violín / Roto, / Pero encrespado en su dulzura / Del sol abandonado. / Habita esa ventana / Incomprendido / Por lo zapatos que se acumularon / Sobre él y las botellas / Vacías / Que adornan su reposo.

Ven / Por la transmigratoria / Calle / San Diego /De Santiago de Chile, / En este año: / Olor a gas, a sombra, / Olor a lluvia seca. / Al paso / De los obreros que se desgranaron / De los agonizantes autobuses / Suenan / Todos los tangos en todas las radios / En el mismo minuto.

Busca conmigo / Una copa gigante, / Con banderas, / Honor y monumentos / Del vino y de la patria cristalina.

Mitin relámpago.

Gritan / Cuatrocientos obreros / Y estudiantes:

Salarios

El cobre para Chile! / Pan y paz!

Que escandalo!

Se cierran / Los negocios, / Se oye / Un disparo, / Surgen de todas partes, / Las banderas.

La calle / Corre ahora / Hacia arriba, / Hacia mañana: / Una ola / Venida / Del fondo / De mi pueblo / En este río / Popular / Recibió sus afluentes / De toda la extensión del / Territorio.

De noche, /La calle / San diego / Sigue por la ciudad, la luz la llena. / Luego, / El silencio, / Desliza en ella su navío.

Algunos pasos más: / Una campana / Que despierta. / Es el día que llega / Ruidoso, / En autobús desvencijado, / Cobrando su tarifa matutina / Por ver el cielo azul / Solo un minuto, apenas un minuto. / Antes de que las tiendas, / Los sonidos, / Nos traguen y trituren / En el largo intestino / De la calle.

jueves, 20 de noviembre de 2008

El amigo árbol


Entre Eyzaguirre y Santa Isabel, por San Diego, hay una cuadra que en otra época fue bastante soleada. Y en esa cuadra había escasos árboles. Para ser exactos: dos árboles. Ninguno de ellos era regado con mucha regularidad. Recuerdo más de alguna vez que el camión aljibe llegaba hasta Eyzaguirre y seguía de largo hasta la plaza almagro. Como siempre los automovilistas los usaban de basurero, costumbre extraña esa que asocia al árbol con la basura. Esa relación es bastante contradictoria, pero creo que nadie se ha sentado a meditarla.

Yo vivía con una chica en ese tiempo, la única chica con la que he vivido. Cuando le dije lo del árbol tuvo la idea de regarlo cada tanto. Era una cosa un poco estúpida porque era un árbol pequeño y bastante maltratado. “Si por lo menos tuviera agua”, pensábamos, “aumentarían sus probabilidades de salir adelante”. Empezamos a regarlo con botellas y luego me compré un bidón de 10 litros. La gente nos miraba rarísimo por eso. A mí me daba un poco de vergüenza, pero cuando el arbolito empezó a mejorar un poco y a tirar algunos brotes recuperé algo el aplomo.

En la historia que yo tenía con esta chiquilla cosas como esas eran fundamentales. Eran parte de los rituales del amor, era un poco como eso. Esas excentricidades nos hacían creer que éramos una pareja especial y yo sentía, a veces o casi siempre, que éramos una especie de protectores del barrio. Como todas las cosas, se acabó, y lo primero que pasó fue que ella dejó de acompañarme a regar el árbol. De pronto un día ese árbol ya no estuvo más. Alguien se lo robó parece, porque ya estaba más lindo y ahora daba más respeto a los automovilistas. Sospecho que ahora se notaba que había un árbol allí.

Ahora han pasado cosas en esa cuadra. El terreno que estaba allí (lo usaba la universidad central para hacer “experiencias” con hormigón) fue reconvertido en un recinto para los deportes en la U Central. El espacio vacío dejado por el árbol fue llenado con alguna demora, por otro más robusto. Con la nueva construcción esos dos árboles tienen más sombra durante el día. Parece que el camión aljibe los riega más seguido que antes.
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