Mostrando entradas con la etiqueta Vagabundos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vagabundos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Los ebrios de Bulnes

Hace años que existe una comunidad de ebrios en bulnes. Yo creo que se han instalado allí atraídos por las piletas. Además, es un buen lugar para dormir de noche, hay gran cantidad bancas y unos rincones con pastos cómodos. Desde el 2005 que empezó a formarse esa “comunidad” y ya han pasado unas tres o cuatro generaciones. Hay varios que se han muerto entre tanto. Los mata el copete, evidentemente. Paso con alguna regularidad por ahí y me ha tocado ver las transformaciones de los sujetos. He visto transformarse “jóvenes onderos”, hombres de camisa con ideas moralizantes, pero sobre todo hippies. El estado final en todos es el mismo: la cara hinchada, flacos, sucios, la ropa destruida, malolientes, ojerosos. Casi siempre echados o discutiendo vanamente alguna cosa. Algo que fue importante, pero que ya ha perdido todo destino.

Hace unos meses observé que se acercó a ellos un tipo robusto y sano que se entretenía en retarlos. Les decía “come, weón, mira como estai por tomar puro copete”. Yo no me engañé. Ayer lo vi de nuevo. Estaba con los ojos desorbitados, pidiendo plata a los transeúntes y con el mismo mal aspecto de todos. Ya no lanzaba discursos morales; era parte de la comunidad de ebrios.


Hay algo que se ha mantenido constante todos estos años: la manada de perros que los rodea. Son agresivos y antes atacaban a los ciclistas. Por suerte se les ha quitado esa costumbre.


La foto muestra a uno de los ebrios más emblemáticos (el de la izquierda), tal vez el único que ha sobrevivido de la primera comunidad. Es de la variedad de los Hippies. Anda siempre con un palo enorme, tal vez en un intento de primitivismo. Pero ya se sabe: el copete puede convertir cualquier buena intención en humo o en vapor. Hace poco vi que un evangélico trataba, biblia en mano, de convertirlo. El ebrio lloraba a mares. Capaz que pronto vea al evangélico pidiendo monedas.

lunes, 15 de marzo de 2010

El rey del trémolo


Al inicio de San Diego, junto a las paredes del Instituto Nacional, antiguamente se instalaba un músico ciego que cantaba canciones religiosas que glorificaban a dios. Usaba una mandolina como instrumento. A su lado, un extraño equipo emitía la música principal que él acompañaba. Su acompañamiento estaba basado en el trémolo. Algunos amigos míos se burlaban de él y lo consideraban un mal músico. A mí en cambio, me parecía muy aceptable. Escucharlo daba la sensación de estar en un callejuela siciliana. Estuvo desaparecido, pero ya volvió. Ahora toca muchísimo mejor. A veces se pone en Arturo Prat y otras veces en San Diego. Siempre junto al instituto. Y además vende su música.

lunes, 13 de julio de 2009

El vagabundo de los disfraces


Todos los barrios tienen sus vagabundos. El mío también tiene los suyos. Recuerdo algunos muy excéntricos y que tuvieron algo de fama en otro tiempo. Uno clásico (hasta el 2001 quizá) era un sujeto que se disfrazaba de los más diversos personajes y sus disfraces no dejaban de tener su cuota de ingenio. Lo vi disfrazado de Rambo, de rafaella carrá y de viajero espacial. Según entiendo, como rafaella carrá fue a un programa de televisión, quizá Sábados Gigantes, ya saben como profitaba el guatón con las clases populares. La fama ayudó al sujeto a conseguir un incipiente y freak trabajo: se paraba afuera del Colt 70, antigua tienda de cassetes que tenía sucursales en la cuadra de los braseros y otra entre Eleuterio Ramírez y Tarapacá. En la de Tarapacá se ponía a realizar su pantomima disfrazado de rafaella. No supe sino hasta que se disfrazó de rambo que los materiales los obtenía de la basura. De hecho, una vez lo vi hurgando en Aconcagua con Zenteno, atrás de las tiendas de electrónica. Buscaría material para inspirarse, supuse.

Años después me tocó verlo en Nataniel con Coquimbo: estaba en el suelo, disfrazado de Rambo y gritando un dialogo delirante. El tipo tenía una metralleta en la mano. Me contaron que se disfrazaba de Marciano y se conectaba a las tapas de alcantarillado, afuera del Cariola. Al final andaba casi sin ropa, por los alrededores de Las Tejas que son también los alrededores del Cariola. Y de pronto, como pasa siempre con los vagabundos, no lo vi más y no supe que alguien lo volviera a ver. Así que no tengo imagen del sujeto, pero agrego la foto del último lugar en que lo vi. Si alguien sabe algo, más datos, ruego información como dice la canción.

lunes, 19 de enero de 2009

El rincón del vagabundo



Antiguamente, en plaza almagro, había un rincón habitado. Impresionaba bastante lo que uno veía en ese rincón. Se trataba de una casa, pequeña, minúscula. Adentro de ella habitaba un vagabundo. En rigor, dado que el hombre tenía esta pequeña casa, no cabría hablar de vagabundo. La casa no era un desorden inconexo de palos. No. Era sólida, con una ventana incluso. A veces se veía al vagabundo construir o reparar partes de su cabaña. A veces se le veía reparando otras cosas, como sillas o tableros de ajedrez. Restos que seguramente encontraba en la basura.


Ese vagabundo tuvo para mí una importancia fundamental. El origen fue una “instalación” que realizó el sujeto. Se trataba de un paraguas que enterró junto a su casa. Bajo las lluvias torrenciales de ese invierno, la imagen de este paraguas en la lluvia era increíble. Bajó se instalaban pájaros o perros a cubrirse de la lluvia. Era una instalación inspiradora. Para mí lo fue: empecé la escritura de una novela con eso. Pero esa novela aún no está terminada, así que no puedo hablar mayormente de ella.


El vagabundo era como un guardián del parque. Bastante, considerando que es un parque que no tiene guardianes, solo usuarios inconscientes y casi siempre alcohólicos. Una vez, un par de limpiadores de autos, de esos que se instalan en las esquinas a limpiar los vidrios a cambio de una moneda, empezaron a lanzar piedras al viejo y su casa. Yo estaba trotando. Fui cobarde. No tuve el valor de defenderlo. Ahora ese rincón no tiene nada. Es un rincón que se usa de meadero. En rigor todo el parque almagro se está usando de meadero y los alcaldes de mierda que nos han tocado (hace como 10 años que está la derecha) no hacen nada por remediarlo.


De todas formas fui a explorarlo hace poco. Había dibujos interesantes en la muralla que antes fue la muralla del vagabundo. Uno de esos dibujos se muestra en la fotografía que acompaña este blog.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El viejo de la calle San Diego


Señorita Sicóloga:

El otro día me retaste caleta porque no quise ayudar al viejito que se ponía afuera de la tienda de música. Me acuerdo que trató de tomarme la mano y yo no me dejé. Y después de eso yo me puse como loco, pegando gritos, y tu te fuiste y de ahí que no nos vemos, como que quedaste medio enojada por eso. Pero la cuestión no es así no más. Tiene una explicación. Fíjate.


Desde que estaba en el colegio que veía a ese viejito afuera de la tienda “La Casa Amarilla”.


Años después, lo vi como siempre. El viejito estaba pidiendo que lo ayudaran a subir a una micro. Era la primera vez que veía al viejo en una escena diferente, por lo menos estaba de pie y eso era una novedad. El viejo era ciego y cantaba con una guitarra de palo y una armónica. La armónica la unía a la guitarra con cinta adhesiva, que con el tiempo empezó a aumentar en cantidad, sin retirar las anteriores, hasta tapar completamente uno de los bordes de la guitarra y hacer subir la armónica hasta la boca misma del ciego. Lo normal era ver al viejo sentado ahí en su rincón. La güeá de viejo parecía un resto incaico. Nunca supe que canciones tocaba porque las tocaba a un volumen bajísimo. Sin embargo, siempre me llamó la atención y, de alguna extraña manera, me cayó bien.


Esa vez lo quise ayudar, por la novedad yo creo. Así que me acerqué, lo agarré de un brazo y lo conduje a un paradero. Los choferes no lo querían llevar. Después intentar subir a cuatro micros, me di cuenta que el viejo era un cacho. De pronto se puso a gritar “matemo una vieja, matemo una vieja”. Era bastante terrible. Traté de calmarlo, pero fue inútil. Seguía gritando lo de la vieja. Para colmo me agarró de un brazo. El viejo estaba ciego y loco, con fuerza de loco. No me quería soltar. Traté de hacer parar una micro otra vez, porfiando en lograrlo, pero me fue imposible. Un vendedor me dijo, “déjelo no más, si el viejo ese es así”. El vendedor le empezó a pegar al viejo, le daba palmetazos en la nuca y coscorrones en la pelada. El vendedor tenía cara de demente. Yo no podía creer que le pegara. “No le pegue”, le dije. “¿Y que tanto? Le pego, no más”. Y le mandaba otro cachuchazo. A esa altura estaba todo bien confuso en mi cabeza y me vino la desesperación. Me solté y me fui odiando al viejo, al vendedor, a los choferes de micro, al mundo entero y a mí mismo, hastiado todo el camino de vuelta a la casa.


Cuando llegué a la casa, tú estabas esperándome, como siempre. Y no te conté nada. Leseras mías, si te hubiera contado la historia ese día, tal vez ahora no estaríamos tan enojados. Eso,

atte.: Señor Paciente


PD: el viejo hace como un año que ya no se sienta en la banquita del poste de la casa amarilla. Yo creo que debe estar muerto.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...